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LA CERTEZA DE LO QUE NO SE VE


Fui religiosa por mucho tiempo y, sin embargo, la fe no era de mi total comprensión. Para mi tener fe era una cuestión de creer en la existencia de Dios y yo claro que creía porque había nacido en una familia creyente. Atravesé varias situaciones difíciles por muchos años y tardé mucho en entender que era la verdadera fe. Soltar, fluir y confiar nunca fue fácil para mí porque le daba más autoridad a mi mente, por tanto, escuchar mi corazón y confiar en Dios siempre estaban en último lugar.

A los 35 años me sentí como perdida y necesitaba reconectar conmigo misma pero este proceso no fue corto ni fácil. Viví muchas experiencias que me deconstruyeron y en el proceso de reconstrucción entendí que mi piedra de tropiezo siempre fue mi propia mente. “Niebla mental”, señalaba mi carta astral como un bloqueo importante y yo no lo entendía del todo hasta que un buen día un evento en mi vida me llevó a sentirme completamente rota. Y esto era incomprensible para mi ¡completamente rota! ¿cómo era posible?

Pese a todo lo que había aprendido, no lograba poner en práctica lo que sabía y el dolor me acompañó por muchas semanas. Un día, supe que el gatito de mi hermano, Manguito, se había escapado un rato y otros gatos lo habían herido fuertemente. Por alguna extraña razón fui a verlo para saber cómo estaba y ver a Manguito herido fue verme a mí misma. El gato pasó varias semanas acurrucado, herido y con una tristeza profunda que casi podía sentir debido a mi propio estado. Manguito se escondía detrás de la refrigeradora, tenía miedo de volver a salir, pero con muchos mimos empezó a volver a sentirse a salvo. Los animales saben fluir, no padecen de niebla mental. “Soltar y confiar” escuchaba frecuentemente y aunque no era un aprendizaje nuevo era claro que yo no sabía hacerlo. Pensaba que el dolor se iría solo, que era cuestión de tiempo, pero en realidad, se iba incrementando.

Un día me sentí rebosada, no podía más con el dolor de esa sensación de total ruptura, me sentía impotente frente a esa situación familiar compleja que me arrugaba el corazón. Esa noche, antes de irme a dormir le entregué a Dios mi dolor y le dije que necesitaba su ayudaba porque ya no podía más con ese peso, era demasiado para mí. Había orado cientos de veces en mi vida, pero esta oración fue distinta a las demás, no por la forma, sino por el fondo. Me había rendido por primera vez, sin expectativas, sin pensamientos, solo clamando con el alma dispuesta a soltar y dejarme ayudar por la divinidad. Cada día al despertar lo primero que sentía era ese dolor, excepto al día siguiente. Dios se había llevado mi dolor, sentí que me había mimado llevándoselo inmediatamente y esta experiencia para mí fue una de las lecciones más importantes de mi vida porque aprendí por primera vez sobre el verdadero soltar y confiar.

Mi educación religiosa me enseñó a creer en la existencia de Dios, pero no sobre la certeza de lo que no se ve, no había aprendido a pedir ayuda y a rendirme soltándolo todo a ese momento. Rendirse ante lo que es y será con la plena confianza de que es como tiene que ser, no es algo que se comprenda con la mente sino con el corazón. La fe es el punto de equilibrio que reconcilia la paradoja entre lo fácil y lo difícil porque una vez que empiezas a confiar en los procesos de la vida, en Dios; lo percibido como más difícil pierde su carga emocional densa y se fluye. Y así, fluyendo la vida es más fácil aun cuando las cosas no se resuelvan de la forma y en el tiempo que nos gustaría.



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