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EN EL MUELLE DE SAN BLAS

Actualizado: 12 nov 2023

Por Cristina Chóez Ortega


Conocerlo fue uno de los eventos más significativos de mi vida porque él llegó para despertarme y sacarme de mi zona de confort pues estaba como muerta. El encuentro fue chispeante como si ya lo conociera, el lenguaje no verbal era importante, un poco de telepatía y un sentido del humor en común que le ponían sal y pimienta a cada encuentro. Los días transcurrían sin mayor trascendencia aparente, pero en realidad cada momento compartido fortalecía la conexión y sin imaginar lo que ocurriría después. Entretanto, algunos pensamientos escurridizos llegaban para advertir lo que vendría, algo así como pequeñas premoniciones a las cuales decidí ignorar porque no tenían lógica.

Poco tiempo después, lo que no se decía con palabras se comenzó a verbalizar y aunque no era una sorpresa al mismo tiempo sí lo era porque ninguno imaginó que esa conversación ocurriría y que sería el inicio de una gran aventura para ambos. El primer beso y el primer abrazo fueron un déjà vu y una sensación de algo que se había estado esperando por mucho tiempo. Entre tazas de café, risas y nervios intercambiamos experiencias de vida como si quisiéramos ponernos al día luego de no habernos visto por años. Aquel día, sin ningún juzgamiento, confesamos nuestras oscuridades como si ninguno quisiera que hubiera secreto entre nosotros. Así se inició una relación de aceptación mutua que forjó un vínculo importante y esa mañana algo más fuerte que nosotros nos unió y sin ninguna lógica decidimos cambiar nuestros planes y aceptar el llamado de nuestras almas para estar juntos.

No recuerdo una fecha exacta de nada, pero eso no tiene ninguna importancia, pues cada vivencia a partir de ese día cambió nuestras vidas para siempre debido a todo lo que compartimos y aprendimos juntos. El contexto de la relación no era sencillo, tenía muchas aristas y una de ellas era la más compleja y la cual sería la razón para separarnos posteriormente. En el fondo lo sabíamos: la relación no duraría. Aun así, decidimos seguir adelante.

No vivíamos en el mismo país y a medida que el tiempo de marcharse llegaba, mi corazón empezaba a volverse pequeño y no podía dejar de pensar que no podría soportar el dolor de la partida. Me sentí identificada con Rebeca Méndez, la mujer de Playa El Borrero en San Blas, quien en 1971 perdió a su amor en una tormenta en el mar y se quedó esperándolo en el muelle hasta el día de su muerte. Temía no poder olvidarlo y quedarme esperándolo por siempre al igual que Rebeca. Luego de la separación me quedé como sin piso, nada parecía tener sentido y las cosas habían perdido su brillo. Y sí, un tiempo sí estuve como ella, esperando, sufriendo y llorando, pero no pude, ni quise quedarme anclada en el muelle. Decidí honrar mi vida y mi espíritu aventurero, así que me limpié las lágrimas y aún con el corazón partido emprendí el viaje más importante de mi vida: hacia mi interior.

Mi boleto de partida fue entender que nadie llega a nuestra vida por azar, que la gente llega para enseñarnos algo que debemos aprender y cuando la lección termina no necesariamente implica quedarse. Esta enseñanza fue dura de aceptar, pero abrigó mi corazón y me ayudó a empezar a observarlo todo de forma distinta. Necesitaba entender las lecciones de vida que me había traído esa relación, pero para ello debía deconstruirme y volverme a construir para lograr entender que todo dolor encierra un regalo. Decidí dejar de preguntarme por qué y empecé a preguntarme para qué; fue así cómo aprendí a mirar en retrospectiva con lentes nuevos.

El proceso de sanación fue doloroso y nada sencillo, pero hoy miro hacia atrás y tengo la certeza de que sin esa experiencia no habría crecido como ser humano y no estaría acompañando a otros a transitar sus propias travesías. Entonces cuando recuerdo lo vivido, lo agradezco porque descubrí que todo tiene un significado, que nada pasa sin una razón, que todo está conectado y que nuestros vínculos son importantes. Escucho a mucha gente decir que se siente devastada por una ruptura y los entiendo perfectamente, pero parecería que algunos estuvieran resignados a quedarse anclados en el muelle de San Blass con su corazón roto.

Mientras sanaba alguien me dijo: “deberías escribir un libro con lo que viviste” y la idea me quedó resonando, pero no fue hasta varios años después que decidí hacerlo, cuando mi corazón me dijo que estaba lista. Sin embargo, escribir una novela que narrara mis vivencias no era el llamado que sentía, algo me decía que debía compartir todo lo que había aprendido y había funcionado para mí. El proceso de escribir el libro fue para mí como tejer un delicado abrigo para los corazones rotos de los futuros lectores, el hilo conductor fue la sabiduría perenne de los principios herméticos. Fui tejiendo con mucho cariño lo que aprendí, asociándolo a cada principio y aunque los marketeros me decían que lo titulara de la forma más simple, directa y obvia, yo decidí escuchar mi corazón. “Resignificando lo vivido” “es el nombre de tu libro” me decía mi voz interior y entonces contra la lógica marketera, así lo publiqué en Amazon en junio del 2022, un año con mucha energía del elemento agua, un año de gran importancia para los vínculos. Si bien escribí el libro en el contexto de una ruptura amorosa, los principios son aplicables a cualquier otro contexto. Queridos corazones partíos, aquí les dejo el link:

Link del libro:


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